
Era un pequeño piso sin claridad. La ausencia de luz natural impregnaba cada rincón. Ausencia de luz no es sinónimo de asfixia -pensaba él-. El habitáculo estaba dotado de respiraderos que se evidenciaban a través de las rejillas incrustadas en la pared, por donde las corrientes de aire exhalaban su oxígeno dando un respiro al chico, alimentando su idea de lucidez.
Caminaba por el angosto pasillo en dirección a la cocina, donde solía llenar su vaso de agua manteniéndose a una prudente distancia del fregadero. Sorteaba las cucarachas al salir de aquella dependencia de lo que una persona digna hubiera podido considerar una penitenciaría de lo más lóbrega.
Junto a él, en la cama, dormía el vacío presente de todas las personas desconocidas. Vacío que él mismo, bajo una inexplicable tendencia masoca, agrandaba con las palabras derramadas en la descripción astuta de la nada a la que gustaba dar forma.
Sintió el frío y durmió, se vio solo y habló, hablaba y enmudecían, enmudecían porque no decía nada, sólo lo intuía en voz alta. Trató de despertar pero se le adelantó el destino.
Dicen que no existió, que me lo invento. Después de intentar auto-convencerme, lo conseguí, puesto que no puede existir nadie así excepto dentro de sí mismo. Y disimular lo que uno es no es más que dejar de ser para actuar en los papeles mundanos, que cada día me invento yo como se inventaba aquel chico que murió sin llegar a materializarse.